Hay caminos que pintan bien

“… no hay camino se hace camino al andar…”, dice Machado. La interpretación de Vicentico es que los caminos de la vida no son lo que se creía. Ambos puntos de vista son el extremo. Por un lado está la negación de los caminos tradicionales y, por lo tanto, hay que construirlos. Del otro lado, se confía demasiado en los caminos ya establecidos, y ello no siempre responde a las necesidades particulares de ciertas personas, de tal manera que hay desilusión. Los caminos de la vida, trayectos de vida, en parte planificados, en parte, modificados según las circunstancias, pero siempre con algún margen de riesgo o certidumbre, configuran la visión de vida, así como su recorrido en ella.

Todo camino no deja de tener peligros. En ciertos momentos son obstruidos, sufren derrumbes o hundimientos. Ante estas situaciones el que los recorre o construye tiene que tomar decisiones, siempre mediadas por el lenguaje, para recomponer y seguir adelante. Jesús Mora Luna, como andante-constructor de caminos, habita en ellos desde ese otro lenguaje que se apropió, o por el que fue apropiado, desde niño, la pintura. Su forma de comprender e interactuar en los caminos son los colores, las formas, los trazos, las perspectivas y dimensiones. Pero Mora es un compositor que explora y va desde lo tradicional a la innovación en el arte.

Mora, a lo largo de su vida, ha tenido como principal expresión el tradicional paisaje. Según su punto de vista es la base formativa del arte pictórico, porque con él se aprende a tomar de la realidad los colores, no de manera unívoca, sino bajo la propia singularidad del artista. Cuenta que una tarde que elaboraba un paisaje en algún lugar del estado de Hidalgo, un grupo de lugareños se acercó a él con enorme curiosidad. Al ver cómo  valoraba el paisaje natural local, a través del lenguaje pictórico, sus “visitantes” dijeron, literalmente: “si nuestro pueblo no es feo”. De tal manera que no es igual la realidad, que su recreación en el lenguaje pictórico.

A Mora, en su trayectoria de vida, le han sucedido varias cosas, que han hecho brillar esa otra peculiaridad que tiene, la resiliencia, la capacidad de sobreponerse a variados encontronazos en los caminos de la vida. Algunas de estas vivencias nos las compartió el pasado 17 de julio, día en que lo visitamos en su estudio. Sin duda, la más trascendental fue la de 1999. En ese año, ya radicado en Tulancingo, una inundación hace que se pierda para siempre una parte significativa de su vida, de su obra. En ese trágico día, el agua, el lodo, penetran en su estudio, echando a perder obras terminadas, apuntes de dibujos, notas periodísticas sobre su quehacer, en fin parte de su vida misma. Según el artista hidalguense, para sobreponerse a la pérdida, resignificó el evento y lejos de pensar en que se le quitó algo, más bien consideró que Dios le dio algo. Este otorgamiento fue la capacidad de crear, sin referencia directa a la realidad. En palabras de Mora, la creación le venía a raudales, y fue pasar del texto escrito, la nota periodística, al texto en colores y formas; luego probó pasar del texto sonoro, la música clásica, al lenguaje que él domina más, algo inusitado en él.

De esta manera el evento de 1999, según el artista hidalguense, le hizo construir otros caminos para expresar, fue un parte aguas en su vida porque le ayudó a redescubrirse con otras posibilidades creativas. Aunque no era algo que esperaba, hizo camino al andar, pero sigue los tradicionales; experimenta en la expresión pictórica, pero práctica el paisaje. Una muestra de su copioso deambular en el camino del arte podrá ser apreciado este próximo 29 de julio en la galería de arte Ábside, ubicada en la calle de Hidalgo oriente 319, plaza sol, frente a “El Café”, en Tulancingo, Hidalgo.