El punto

La vida es una sucesión de puntos. En el lenguaje escrito, el punto es fundamental para señalar al lector que se hace un cambio de idea, pero se sigue con el mismo tema, o bien, para marcar el final del texto. Así el punto es movimiento y pausa. Pero el punto primero existió en el lenguaje oral y, antes, en el desplazamiento de las poblaciones. El final del peregrinaje de los nómadas es un punto valorado como favorable para la generación de vida sedentaria.

El punto también es visible en el lenguaje visual. En el dibujo, una línea es una sucesión de puntos. El punto de fuga es vital para trazar las líneas que darán la sensación visual de que lo pintado es real, lógico, verdadero, pero no una reproducción fiel del mundo.

Hay una analogía más que quiero evocar, y es la del tejido social. Entre más puntos significativos existan y más hilos conectados con ellos, más fuerte es el tejido. Pero no tiene una autoría individual, sino que es producto de un trabajo colaborativo en comunidad. Un tejido sano implica una historicidad que desemboca en un presente complejo, es decir, de unión de colectividades. En este sentido una serie de puntos, son el alma de la identidad y la memoria. En este orden de ideas, el 29 de julio pasado, en Tulancingo, Hidalgo, hubo un punto de confluencia: la galería de arte Ábside. El motivo fue la inauguración de la exposición de obra pictórica del creador Jesús Moral Luna. La hora designada para hacer la formalidad, fue las siete de la noche.

Previo al evento, conocidos, amigos, familiares, alumnos del maestro Mora, así como gestores culturales, periodistas, amantes del arte, nos movimos de nuestro punto de residencia para arribar a la cita y tejer una realidad muy particular. En las mesas de la planta baja de “la cafetería” que está a un lado de la galería, había gente sentada conversando y aguardando la inauguración. Los recién llegados saludamos y conversamos con ánimo a los conocidos. Por mi parte encontré a una amiga que tenía cierto tiempo de no ver, pero que conozco desde el año 2000. Nos conocimos laborando en una institución educativa. Me dijo que ella y su madre, eran alumnas del maestro Mora. De la madre de mi amiga recuerdo que pintaba, pero no me imaginaba que su formador era el maestro Mora, de hecho no pensaba que lo iba a conocer, ni que mi amiga iba también a asistir a clases con el maestro. Por cierto la madre de mi amiga, es alumna de Mora desde el 2000. Sin embargo nuestro punto en común es el amor a la cultura de la creatividad y el arte. Tal vez por eso coincidimos, y no por casualidad.

En el dialogo que sostuve con Mora en su estudio, el pasado 17 de julio, me refirió algunas experiencias formativas con sus alumnos y su estrategia didáctica para formar alumnos, que es llevarlos a contemplar paisajes. Mi amiga también me comentó sobre esta actividad. Ella me presentó a otros alumnos de Mora que estaban allí. En fin, entendí que estaba ante una comunidad de creadores, de personas que aprecian y hacen la cultura de la creatividad y el arte de la expresión visual; y que la coincidencia no era sólo entre mi amiga y yo.

Luego vino el ritual propiamente de la inauguración, que se representó con el corte de un listón, señal para dar cabida a los mensajes de agradecimiento. El primero en intervenir fue Elías Saad Gánem. Su presencia y el texto oral que emitió, arroparon de significados a la galería Ábside y a Tulancingo, como un lugar un punto de referencia para tejer historia, memoria e identidad en la cultura de la creatividad y el arte. Fue el inicio de la puntada, y luego vino la participación de los demás actores sociales.

En su intervención Mora, hizo referencia a un episodio de vida con su hijo con relación a unas manchas en una taza. El hijo, según el artista, cerró el diálogo diciendo “… ese es el punto papá”. Luego citó a un niño que tuvo por alumno, cuando dio clases de pintura en Ciudad Sahagún, que para representar el oficio de su padre, hizo un enorme punto negro. También evocó a Georges Pierre Seurat, creador del puntillismo, y explicó su técnica. Remató la intervención hablando de los puntos que aborda la exposición de su obra. Uno con referencia al paisaje, otro la situación de descomposición social, y el último sobre obras generadas con referencia a la música clásica europea.

De mi parte traje a mi mente “El punto”; un trabajo literario de Peter H. Reynolds, que relata la historia de una niña que es ayudada por su maestra, a valorar su expresión artística a partir de un punto. Vashti, tiene desesperanza aprendida, está convencida de que haga lo que haga, jamás será buena para la pintura. Pero su maestra insiste y ella con desgano hace un punto en una hoja. La docente enmarca el punto y lo cuelga. Vashti, no da crédito a lo sucedido, entonces inicia su carrera de compositor porque ha descubierto que puede confiar en ella misma. Para finalizar la historia, Vashti, sigue el ejemplo de su profesora y, con un niño, que no se tiene aprecio para crear, le anima a trazar algo en una hoja, luego le pide que lo firme. Entonces el lector entiende que inicia otra historia, que se trata de tener inteligencia motivacional para lograr metas.

En cierto modo el ritual de la inauguración de la exposición de la obra de Mora, fue un ejercicio de la memoria para no olvidar, repasar y crear nuevos puntos que nos unen a una comunidad. En este sentido se trató de mantener con vida la memoria de una comunidad. Lo que se recuerda es lo que da identidad, singularidad. Los textos orales dichos en el ritual de inauguración hicieron referencia a ciertos momentos significativos. Alguna de las personas que estaba en el público, tomó la palabra y mencionó que muchos de sus exalumnos que radican fuera de México, recuerdan con cariño al maestro Mora por las enseñanzas otorgadas. Seguramente con el mismo aprecio que Vashti haría, si es que ella fuera una persona real, con aquella docente que le dio confianza para crear. Sin embargo Mora no tuvo el apoyo de un docente; como gusta señalar, él se formó de manera autodidacta, no sin dificultades. Pero sí que él es para muchos de sus alumnos, como esa guía que tuvo Vashti en el mundo literario de Reynolds.

De esta manera la obra de Mora, las pinturas realizadas, tal vez sean el punto del iceberg de un mar de puntos de vida que se entrelazan y son visibles en otros textos, los orales, escritos, actuados, pero principalmente el de la memoria. Los tres momentos de la obra de Mora que se exhiben no son otra cosa que el recuerdo plasmado de cómo en un momento dado se interpretó la vida. Pero, como ya señalé, no sólo es memoria individual, sino de comunidad construida por quienes integran la propia comunidad creativa.

Se acerca el término de este texto y sólo resta decir que todos los recuerdos traídos durante la exposición fueron para retejer la identidad de la comunidad. Entonces la otra obra de Mora, es la constitución de una comunidad emocional en torno a la creatividad en la expresión visual. El punto final de la comunidad reunida, del ejercicio de memoria, fue cuando la sala de exposición de Ábside quedó sola con la obra de Mora.